DIA 17 (24 de noviembre)

Madre amable, acogedora, de mirar misericordioso

Maternidad quiere decir solicitud y desvelo por el hijo. Y esto se da en la Virgen por todos los hombres. Intercede por cada uno y obtiene las gracias específicas y oportunas que necesitamos. Jesús dice de sí mismo que es el Buen Pastor que llama a sus ovejas, a cada una por su nombre, nominatim (Cfr. Jn 10, 3); algo parecido sucede con la Virgen, Madre espiritual de todo hombre en particular. Lo mismo que los hijos son diferentes y únicos para su madre, así somos todos para Santa María. Ella nos conoce bien, nos distingue en la lejanía de cualquier otro, nos llama por nuestro nombre con un acento inconfundible. Su maternidad alcanza a la persona entera, al cuerpo y al alma. Pero su acción maternal, sobre el cuerpo también, está orientada «a restaurar la vida sobrenatural en las almas» (Cfr. CONC. VAT. II, Const. Lumen gentium, 61), a la santidad, a una identificación más perfecta con su Hijo. En esta tarea maternal, la Virgen es la colaboradora por excelencia del Espíritu Santo, Aquel que da la vida sobrenatural y la mantiene.

Esta maternidad de María no es la misma para todos los hombres. María es Madre de un modo excelente de los bienaventurados del Cielo, que ya no pueden perder la vida de la gracia. Es Madre de modo perfecto de los cristianos en gracia, porque éstos tienen la vida sobrenatural completa. Es Madre de quienes están alejados de Dios por el pecado mortal, con los que ejerce su misericordia continuamente para atraerlos a la amistad con su Hijo; por eso, la Virgen es nuestra mayor ayuda en todo apostolado. Nuestra Señora es también Madre de aquellos que incluso no están bautizados, ya que están destinados a la salvación, pues Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad (Cfr. J. IBAÑEZ-F. MENDOZA, La Madre del Redentor, pp. 237-238).

La Virgen, Madre por excelencia, tiene siempre para nosotros una sonrisa en los labios, un gesto acogedor, una mirada que invita a la confianza; siempre está dispuesta a entender lo que ocurre en nuestro corazón; en Ella debemos descargar las penas, aquello que más nos pesa. Ella se hace querer por todos, es amable por excelencia: «se hizo toda para todos; a los sabios y a los ignorantes, con una copiosísima caridad, se hizo deudora. A todos abre el seno de la misericordia, para que todos reciban de su plenitud: redención el cautivo, curación el enfermo, consuelo el afligido, perdón el pecador» (SAN BERNARDO, Homilía en la octava de la Asunción, 2).

Especialmente en las dificultades, o cuando no tenemos los medios que necesitamos, en las tentaciones, en posibles momentos de desvarío, debemos acudir confiadamente a Ella: Madre, Madre mía... Monstra te esse matrem! ­Muestra que eres Madre!, le hemos dicho tantas veces.

Quizá en alguna ocasión nos encontremos enfermos del alma, y entonces acudiremos a Ella -Salus infirmorum, salud de los enfermos- con la seguridad de no ser rechazados. Ninguna experiencia, por dura y negativa que pueda ser o parecer, nos debe desalentar. Siempre encontraremos en Ella a la Madre amable, acogedora, de mirar misericordioso, que nos recibe con ternura y facilita -incluso hace más corto- el camino que perdimos. Y si arrecian las dificultades, en el alma o en la vida corriente, la llamaremos con más fuerza, y se dará prisa para protegernos. «¡­Madre! -Llámala fuerte, fuerte. -Te escucha, te ve en peligro quizá, y te brinda, tu Madre Santa María, con la gracia de su Hijo, el consuelo de su regazo, la ternura de sus caricias; y te encontrarás reconfortado para la nueva lucha» (J. ESCRIVA DE BALAGUER, Camino, n. 516).
(lectura tomada de: http://www.mariologia.org/devocionesnovenasalainmaculada01.htmNovena a la Inmaculada del Padre Francisco Fernández Carvajal)


canción para hoy: Oh María, Madre Mía

DIA 18 (25 de noviembre)

Aprender a tratar y amar más y mejor a Nuestra Señora

Y desde aquel momento, el discípulo la recibió en su casa (Jn 19, 27). «Cómo envidiamos a Juan! «Cómo se llenó de luz aquel nuevo hogar de Santa María! «Los autores espirituales han visto en esas palabras, que relata el Santo Evangelio, una invitación dirigida a todos los cristianos para que pongamos también a María en nuestras vidas. En cierto sentido, resulta casi superflua esa aclaración. María quiere ciertamente que la invoquemos, que nos acerquemos a Ella con confianza, que apelemos a su maternidad, pídiéndole que se manifieste como nuestra Madre (Monstra te esse Matrem. Himno litúrgico Ave maris stella)» (J. ESCRIVA DE BALAGUER, Es Cristo que pasa, 140).

Quizá podría ser éste el propósito para hoy, un día más de la Novena a Nuestra Madre: contemplar a María en casa de Juan, ver la extrema delicadeza que tendría con la Madre de Jesús, las confidencias llenas de intimidad... Y meterla nosotros en la propia vida: mirarla como la miraba el discípulo amado, acudir a Ella en todo con confianza filial, quererla al menos como la quiso Juan. «Qué fácil es querer a Santa María! Nunca, después de Jesús, ha existido ni existirá criatura alguna más amable. Se ha dicho de María que es como una sonrisa del Altísimo. Nada defectuoso o imperfecto o inacabado encontramos en su ser. No es alguien lejano e inaccesible: está muy cerca de nuestra vida de todos los días, sabe de nuestros ajetreos, de lo que nos preocupa, de lo que necesitamos... No temamos excedernos en nuestro amor a María, pues nunca la amaremos como la Santísima Trinidad, que la amó hasta hacerla Madre de Cristo. No temamos excedernos, porque sabemos que Ella es «un regalo del Corazón de Jesús moribundo» (Cfr. PIO XII, Enc. Haurietis aquas, 15-V-1956, 21).

El Señor desea que aprendamos a quererla siempre más; que tengamos con Ella los detalles de delicadeza y de amor que Él hubiera tenido en nuestro caso: jaculatorias, mirar con frecuencia sus imágenes -¡se puede decir tanto en una mirada, que nos lleva de la tierra al Cielo!-, desagraviarla por el olvido en que la tienen algunos de sus hijos, acudir a Ella en la menor necesidad, rezarle con amor el Angelus, el Santo Rosario... «Entre todos los homenajes que podemos tributar a María -afirma San Alfonso Mª de Ligorio-, no hay ninguno tan grato al Corazón de nuestra Madre como el implorar con frecuencia su maternal protección, rogándole que nos asista en todas nuestras necesidades particulares, como al dar o recibir un consejo, en los peligros, en las tribulaciones, en las tentaciones... Esta buena Madre nos librará ciertamente de los peligros, con sólo rezar la antífona Sub tuum praesidium ("Bajo tu protección nos acogemos, Santa Madre de Dios..."), o el Avemaría, o con sólo invocar su santo nombre, que tiene un poder especial contra los demonios» (SAN ALFONSO Mª DE LIGORIO, Las glorias de María, III, 9.). Ella, como todas las madres, experimenta un especial gozo en atender a sus hijos necesitados.

Sabemos que «después de la peregrinación de este destierro, nos esperan sus ojos misericordiosos y sus brazos, donde nos encontraremos, en lazo indisoluble, con el Fruto de su vientre, Jesús, que ganó la gloria para sí, para su Madre y para todos los hermanos que nos acogemos a su misericordia» (L. Mª HERRAN, Nuestra Madre del Cielo, Palabra, 2ª ed., Madrid 1988, p. 102.).

Sancta Maria, Mater amabilis, ora pro eis..., ora pro me. Enséñame a quererte cada día un poco más.
(lectura tomada de: http://www.mariologia.org/devocionesnovenasalainmaculada01.htmNovena a la Inmaculada del Padre Francisco Fernández Carvajal)

canción para hoy:  Ave María

DIA 19 (26 de noviembre)


La Virgen y el sacramento de la Penitencia.

Salve, llena de gracia, eres llamada cIementísima para los pecadores, porque contemplas misericordiosa nuestra miseria (MISAS DE LA VIRGEN MARIA,. n. 14. Antifóna de la Misa Madre de la reconciliación ).

Desde muy antiguo fue costumbre en algunos lugares representar a Nuestra Señora con un gran manto debajo del cual se encuentran, con rostros de paz, todo género de gentes: papas y reyes, comerciantes y campesinos, hombres y mujeres... A algunos, que no se cobijaron bien bajo este manto protector, se les ve heridos por alguna flecha: el perezoso es representado sentado y con la flecha en una pierna anquilosado, el goloso con el plato en la mano y la flecha en el vientre... (Cfr. M. TRENS, María. Iconografía de la Virgen en el arte español, pp. 274 ss). Refúgium pecatorum: desde siempre los cristianos la han visto como amparo y refugio de los pecadores, donde acudimos a protegernos, como por instinto, en momentos de mayor tentación o dificultades más grandes, o cuando quizá no hemos sido fieles al Señor. Ella es el atajo que nos facilita la vuelta rápida a Jesús.

En los primeros siglos de nuestra fe, los Santos Padres, al tratar del misterio de la Encarnación del Verbo, afirmaron con frecuencia que el seno virginal de María fue el lugar donde se realizó la paz entre Dios y los hombres. Ella, por su especialísima unión con Cristo, ejerce una maternidad sobre los hombres que consiste en "contribuir a restaurar la vida sobrenatural en las almas" (CON. VAT. II, Const. Lumen gentium, 61.); por esta maternidad, forma parte muy especial del plan querido por Dios para librar al mundo de sus pecados. Para eso, "se consagró totalmente como esclava del Señor a la Persona y a la obra de su Hijo, sirviendo bajo Él y con Él al misterio de la redención" (CON. VAT. II, Const. Lumen gentium, 56.), estuvo asociada a la expiación de Cristo por todos los pecados del mundo, padeció con Él Y fue corredentora en todos los momentos de la vida de Jesús, y de modo muy particular en el Calvario, donde Ofreció a su Hijo al Padre y Ella se ofreció juntamente con Él: "Verdaderamente María se ha convertido en la aliada de Dios en virtud de su maternidad divina- en la obra de la reconciliación" (JUAN PABL0 II, Exhort. Apost. Reconciliatio et Paenitentia, 2-XII-1984, n. 35). Por esto, suelen comentar muchos teólogos que la Virgen está de algún modo presente en la Confesión sacramental, donde se nos conceden particularmente las gracias de la redención. "Si alguien separa del sacramento de la penitencia la coexpiación de María, introduce entre Ella y Cristo una división que ni existió nunca ni puede ser admitida (... ), puesto que es Cristo mismo quien asume en su expiación toda la cooperación expiatoria de su Madre"(A. BANDERA, La Virgen María y los sacramentos, Rialp, Madrid 1978, p. 173. ).

Muy cerca de la Confesión se encuentra siempre María: está presente en el camino que lleva a este sacramento, disponiendo el alma para que, con humildad, sinceridad y arrepentimiento, se llegue a este sacramento de la misericordia divina. Ella ejerce una labor maternal importantísima, facilitando el camino de la sinceridad y moviendo suavemente a esa fuente de la gracia. En el apostolado de la Confesión, Ella es la primera aliada. Si alguna vez avergúenzan particularmente las faltas cometidas, es el Refugio primero al que hay que acudir. Y Ella, poco a poco, con su gracia maternal, hace fácil lo que al principio quizá resultaba difícil. Si un hijo se ha alejado de la casa paterna, ¿qué madre no estaría dispuesta a facilitarle el regreso? "La Madre de Dios, que buscó afanosamente a su Hijo, perdido sin culpa de Ella, que experimentó la mayor alegría al encontrarle, nos ayudará a desandar lo andado, a rectificar lo que sea preciso cuando por nuestras ligerezas o pecados no acertemos a distinguir a Cristo. Alcanzaremos así la alegría de abrazarnos de nuevo a Él, para decirle que no lo perderemos más" (J. ESCRIVA DE BALAGUER, Amigos de Dios, 278.).

Santa María, Refugio de los pecadores, nuestro refugio, danos el instinto certero de acudir a Ti cuando nos hayamos alejado, aunque sea poco, del amor de tu Hijo. Danos el don de la contrición.
(lectura tomada de: http://www.mariologia.org/devocionesnovenasalainmaculada01.htmNovena a la Inmaculada del Padre Francisco Fernández Carvajal)

canción para hoy: Quiero decir que si

DIA 20 (27 de noviembre)


Su actitud misericordiosa para con los pecadores

Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores,..Siempre es posible el perdón. El Señor desea nuestra salvación y la limpieza de nuestra alma más que nosotros mismos. Dios es todopoderoso, es nuestro Padre y es Amor. Y Jesús dice a todos, y a nosotros también: no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores (Mt 9, 13.). Él nos llama y en esta Novena con más fuerza-- para que, con la ayuda de su Madre, nos despeguemos del egoísmo, de pequeños rencores quizá, faltas de amor, juicios precipitados sobre los demás, faltas de desprendimiento... Debemos acercarnos a la gran fiesta de Nuestra Señora con un corazón más límpio. En la intimidad del corazón, debemos sentir esa llamada a una mayor pureza interior. Una tradición muy antigua narra la aparición del Señor a San Jerónimo. Jesús le dijo: Jerónimo, -qué me vas a dar?; a lo que el Santo respondió: Te daré mis escritos. Y Cristo replicó que no era suficiente. ¿-Qué te entregaré entonces? ¿-mi vida de mortificación - y de penitencia? La respuesta fue: Tampoco me basta. ¿- Qué me queda por dar?, preguntó Jerónimo. Y Cristo le contestó: Puedes darme tus pecados, Jerónimo (Cfr. F. J. SHEEN, Desde la Cruz, p. 16.). A veces puede costar reconocer ante Dios los pecados, las flaquezas y los errores: darlos sin envoltura alguna, como son, sin justificación, con sinceridad de corazón, llamando a cada cosa por su nombre. Dios los toma porque es lo que nos separa de Él y de los demás, lo que nos hace sufrir, lo que impide una verdadera vida de oración. Dios los desea para destruirlos, para perdonarlos, y darnos a cambio una fuente de Vida.

Enseña San Alfonso Ma de Ligorio que el principal oficio que el Señior encomendó a María es ejercitar la misericordia, y que todas sus prerrogativas las pone María al servicio de la misma (SAN ALFONSO Mª DE LIGORIO, Las glorias de María, VI, 3. 5).

Resulta sorprendente, gozosamente sorprendente, la insistencia de Jesús en su llamada constante a los pecadores, pues el Hijo del hombre ha venido a salvar lo que estaba perdido ( Mt 18, 1.). A través del ejercicio de esta actitud misericordiosa para con todos, le conocieron muchos de quienes vivieron cerca de El: los fariseos y los escribas murmuraban -y decían: éste recibe a los pecadores y come con ellos (Mt 11, 19). Y, ante el asombro de todos, libra a la mujer adúltera de la humillación a que está siendo sometida, y luego la despedirá, perdonada, con estas sencillas palabras: Vete y no peques más (CAD. J. H. NEWMAN, Sermón para el Domingo IV después de Epifania). Siempre es así Jesús. Nunca entre en nuestra mente -recomendaba el Cardenal Newman- la idea de que Dios es un amo duro, severo ( CAD. J. H. NEWMAN, Sermón para el Domingo IV después de Epifania). Esta imagen es la que se puede formar quien se comportaría de esa manera -con enfado, con dureza, con frialdad-, quien se sintiera ofendido por otro. Pero Dios no es así, nos quiere más, nos busca más cuanto peor es nuestra situación.

La misión de María no es ablandar la justicia divina. Dios es siempre bueno y misericordioso. La misión de Nuestra Señora es la de disponer nuestro corazón para que podamos recibir las innumerables gracias que el Señor nos tiene preparadas. <¿-No será María un suave y poderoso estímulo para superar las dificultades inherentes a la Confesión sacramental? Más aún, ¿-no invita Ella a la aceptación de esas dificultades para transformarlas en medio de expiación de las culpas propias y ajenas?" (A. BANDERA, o. c., pp. 179-180). Acudamos siempre a Ella mientras nos preparamos y disponemos a recibir este sacramento.

Santa María, "Esperanza nuestra, míranos con compasión, enséñanos a ir continuamente a Jesús y, si caemos, ayúdanos a levantarnos, a volver a Él, mediante la confesión de nuestras culpas y pecados en el Sacramento de la Penitencia, que trae sosiego al alma" (JUAN PABLO II, Oración a la Virgen de Guadalupe, enero 1979).
(lectura tomada de: http://www.mariologia.org/devocionesnovenasalainmaculada01.htmNovena a la Inmaculada del Padre Francisco Fernández Carvajal)

canción para hoy: Bella Dama

DIA 21 (28 de noviembre)

Nuestro refugio

Sancta María, refugium nostrum et virtus... Refugio y fortaleza nuestra.

La palabra refugio viene del latín fugere, huir de algo o de alguien... Cuando se acude a un refugio se huye del frío, de la oscuridad de la noche, de una tormenta; y se busca seguridad, abrigo y resguardo. Cuando acudimos a Nuestra Señora, encontramos la única protección verdadera contra las tentaciones, el desánimo, la soledad... Muchas veces sólo el hecho de comenzar a rezarle es suficiente para que la tentación desaparezca, para recuperar la paz y el optimismo. Si en algún momento encontramos más dificultades y las tentaciones aprietan, hemos de acudir con prontitud a guarecernos bajo el manto de Nuestra Señora. "Todos los pecados de tu vida parece como si se pusieran de pie. -No desconfíes. -Por el contrario, llama a tu Madre Santa María, con fe y abandono de niño. Ella traerá el sosiego a tu alma" (J. ESCRIVA DE BALAGUER, Camino, n. 498. - ).

En Ella siempre encontraremos cobijo y protección. Ella "consuela nuestro temor, mueve nuestra fe, fortalece nuestra esperanza, disipa nuestros temores y anima nuestra pusilanimidad" (SAN BERNARDO,Homilía en la Natividad de la B. Virgen María, 7.). Sus hijos, percibiendo su amor de madre, se refugian en Ella implorando perdón, y "al contemplar su espiritual belleza se esfuerzan por librarse de la fealdad del pecado, y al meditar sus palabras y ejemplos se sienten llamados a cumplir los mandatos de su Hijo" (Cfr. MISAS DE LA VIRGEN MARIA, o. C., n. 14. Prefacio de la Mísa Madre de la reconciliación).

Madre mía, Refugio de los pecadores, enséñanos a reconocer nuestros pecados y a arrepentirnos de ellos. Sal a nuestro encuentro cuando nos resulte difícil el camino de vuelta hasta tu Hijo, cuando nos sintamos perdidos.
(lectura tomada de: http://www.mariologia.org/devocionesnovenasalainmaculada01.htmNovena a la Inmaculada del Padre Francisco Fernández Carvajal)


canción para hoy: Ave María

DIA 22 (29 de noviembre)

A través de María encontramos siempre a Jesús

Ave, maris stella
Dei Mater alma,
atque semper Virgo.
felix caeli porta.

Dios te salve, estrella del mar,
Madre santa de Dios,
y siempre Virgen,
dichosa puerta del cielo
(Himno Ave, Maris stella).

Ianua caeli, Puerta del cielo, así la hemos invocado tantas veces en las letanías del Santo Rosario. Ella es la entrada y el acceso a Dios, es la Puerta oriental del Templo (Ez 44, 1) de la que habla el profeta, porque por allí nos llegó Jesús, el Sol de justicia. Y es a la vez, "la puerta dorada del cielo por la que confiamos entrar algún día en el descanso de la eterna bienaventuranza" (Benedicto XIV, Bula Gloriosae Dominae, 27-IX-1748). A través de María encontramos siempre a Jesús.

Los hombres han recorrido a veces mil caminos extraviados, buscando a Dios con nostalgia; han intentado llegar a Él a fuerza de brazos, de complicadas especulaciones, y han olvidado esta entrada sencilla que es María, "que nos conduce al interior de¡ Cielo de la convivencia con Dios" (F. M. Moschner, Rosa mistica, Rialp, Madrid 1957, p. 240).

Se cuenta de fray León, un lego que acompañaba siempre a San Francisco de Asís, que después de morir el santo depositaba todos los días sobre su tumba hierbas y flores y meditaba sobre las verdades eternas. Un día se quedó dormido y tuvo una visión del día del Juicio. Vio que se abría una ventana en el Cielo y aparecía Jesús, el amable Juez, acompañado de San Francisco. Descolgaron una escala roja, que tenía los peldaños muy espaciados, de tal manera que era imposible subir por ella. Todos lo intentaron y poquísimos consiguieron subir. Al cabo de un tiempo, y como llegara de la tierra un gran clamor, se abrió otra ventana, en la que apareció de nuevo San Francisco, y la Virgen al lado de Jesús. Tiraron otra escala, pero ésta era blanca y con los peldaños mucho más juntos. Y todos, con inmensa alegría, iban subiendo. Cuando alguno de ellos se sentía especialmente débil, Santa María le animaba llamándole por su nombre y enviando a alguno de los ángeles que la servían para que le echase una mano. Y así subieron uno tras otro (Cfr. Vita Fratis Leonis, en Analecta Franciscana, III, 1). No deja de ser una leyenda piadosa, que nos enseña una verdad esencial y consoladora, conocida desde siempre por el pueblo cristiano: con la Virgen es más fácil la santidad y la salvación. Sin la Virgen no sólo se hace todo más difícil, sino que quizá se vuelve imposible, pues Dios mismo ha querido que fuera "la díspensadora de todos los tesoros que Jesús nos conqu'stó con su Sangre Y su Muerte" (San Pio X, Enc. Ad diem illum, 2-II-1904).

La Virgen no sólo es la Puerta del Cielo -Ianua caeli- , sino una avuda poderosísima para que lleguemos a él. Pues, "asunta a los cielos, no ha dejado esta misión salvadera, sino que con su múltiple intercesión continúa obteniéndonos los dones de la salvación eterna. Con su amor materno se cuida de los hermanos de su Hijo, que todavía peregrinan y se hallan en peligros y ansiedad hasta que sean conducidos a la Patria bienaventurada. Por este motivo, la Santísima Virgen es invocada en la Iglesia con los títulos de Abogada. Auxilladora, Socorro, Mediadora"(Conc. Vat. II, Const. Lumen Gentium, 62).

Por voluntad divina, la Santísima Virgen es la Mediadora ante el Mediador, como enseña San Bernardo (San Bernardo, Sermón sobre las doce prerrogativas de la B. Virgen María, en Suma Aurea, VI, 996), y subordinada a Él. Todas las gracias nos vienen de manos de María, de tal manera, afirman muchos teólogos, , que Cristo no nos otorga nada sino a través de Nuestra Señora. Y Ella está siempre bien dispuesta a concedernos lo que le pidamos y nos ayude en nuestra salvación. No nos quedemos cortos durante esta Novena en la petición, Con motivo de la gran fiesta que estamos preparando, Ella otorga sus dones con largueza.

canción para hoy: Ave, Maris Stella

DIA 23 (30 de noviembre)

La intercesión de Nuestra Señora.

San Alfonso Mª de Ligorio afirma que María es Puerta del Cielo porque, de la misma forma que toda gracia e indulto que otorga el Rey pasa por la puerta de su palacio, de igual modo ninguna gracia desciende del Cielo a la tierra sin pasar por las manos de María (San Alfonso Mª de Ligorio, Las Glorias de María, 1,5,7).

Desde su vida terrena, aparece Nuestra Señora como la dispensadora de las gracias. Por Ella, Jesús santifica al Precursor, cuando visita a su pariente Isabel. En Caná, a instancias de María realizó Jesús su primer milagro, convirtiendo el agua en vino; allí también, por este milagro, sus discípulos creyeron en Él (Cfr. Jn 2, 11). La Iglesia comienza su camino, a través de la historia de los hombres y de los pueblos, el día de Pentecostés, y "se sabe que al comienzo de este camino está presente María, que vemos en medio de los Apóstoles en el cenáculo "implorando con sus ruegos el don del Espíritu Santo" (Juan Pablo II, Enc. Redemtoris Mater, 25-III-1987, n. 26).

Por la intercesión ante su Hijo, María nos alcanza y distribuye todas las gracias, con ruegos que no pueden quedar defraudados. Esta intercesión es aún mayor después de su Asunción al Cielo y de haber sido elevada en dignidad por encima de los ángeles y de los arcángeles. Ella nos distribuye el agua de la fuente, no toda de una vez -afirma San Bernardo-, sino que hace caer la gracia gota a gota sobre nuestros corazones resecos, a unos más, a otros menos. De la fuente que brota del corazón del Padre, nos distribuye enseguida a nosotros todo cuanto somos capaces de recibir (Cfr. San Bernardo, Homilia en la Natividad de la B. Virgen María, 3, 5). Ella conoce perfectamente nuestras necesidades y nos distribuye las gracias que necesitamos. Sólo nuestra mala voluntad puede impedir que esas gracias lleguen al alma.

Por el conocimiento que tiene de las necesidades espirituales y materiales de cada uno de sus hijos, Nuestra Señora, llevada por su inmensa caridad, intercede constantemente por nosotros. Mucho más cuando se lo pedimos con insistencia, como hacemos estos días. Otras veces dejaremos en sus manos la solución de los problemas que nos agobian, con el claro convencimiento de que Ella sabe mejor que nosotros lo que nos conviene: quien busca, encuentra; quien pide, recibe; al que llama, se le abrirá (Mt 7, 8). ¿Cómo nos va a dejar en la puerta cuando le pedimos que nos abra? ¿Cómo no nos va a socorrer si nos ve tan necesitados?

canción para hoy: Virgen del Carmen Bella

DIA 24 (1 de diciembre)


La devoción a la Virgen, señal de predestinación

Ianua caeli, ora por eis.... ora pro me.El título de Puerta del Cielo le conviene a la Virgen por su íntima unión con su Hijo y por cierta participación en la plenitud de poder y de misericordia que deriva de Cristo, Nuestro Señor. Él es, por derecho propio y principal, el camino y la entrada a la gloria, ya que con su Pasión y Muerte nos abrió las puertas del Cielo, antes cerradas. A María la llamamos Puerta del Cielo porque, con su Intercesión omnipotente, nos procura los auxilios necesarios para llegar al Cielo y entrar hasta el mismo trono de Dios (Cfr. Card. I. Gomá, María SAntísima, vol. II. pp. 162-163), donde nos espera nuestro Padre.

Además, ya que por esa puerta celestial nos llegó Jesús, vayamos a Ella para encontrarle, pues "María es siempre el camino que conduce a Cristo. Cada enctientro con Ella se resuelve necesariamente en un encuentro con Cristo mismo. Qué otra cosa significa el continuo recurso a María, sino un buscar entre sus brazos, en Ella y por Ella v con Ella, a Cristo, nuestro Salvador'?" (Pablo VI, Enc. Mense Maio, 29-IV-1965). Siempre, como los Magos en Belén, encontramos a Jesús con María, su Madre (Cf. Mt 2, 11). Por eso se ha dicho en tantas ocasiones que la devoción a la Virgen es señal de predestinación (Cfr. Pio XII, Enc. Mediator Dei, 20-II-1947). Ella cuida de que sus hijos acierten con la senda que lleva a la Casa del Padre. Y si alguna vez nos desviamos, utilizará sus recursos poderosos para que retornemos al buen camino, Y nos dará su mano -como las madres buenas-- para que no nos desviemos de nuevo. Y si hemos caído, nos levantará, y nos arreglará una vez más para que estemos presentables ante su Hijo.

La intercesión de la Virgen es mayor que la de todos los santos juntos, pues los demás santos nada obtienen sin Ella. La mediación de los santos depende de la de María, que es universal y siempre subordinada a la de su Hijo. Además, las gracias que nos obtiene la Virgen ya las ha merecido por su honda identificación con la Pasión y Muerte de Cristo. Con su ayuda entraremos en la Casa del Padre.

Con esos pequeños actos de amor que le estamos ofreciendo estos días, no podemos ni siquiera imaginar la lluvia de gracias que está derramando sobre cada uno de nosotros y sobre las personas que le encomendamos, y sobre toda la Iglesia. "Las madres no contabilizan los detalles de cariño que sus hijos les demuestran; no pesan ni miden con criterios mezquinos. Una pequeña muestra de amor la saborean como miel, y se vuelcan concediendo mucho más de lo que reciben. Si así reaccionan las madres buenas de la tierra, Imaginaos lo que podremos esperar de Nuestra Madre Santa María" (J. Escrivá de Balaguer, Amigos de Dios, 280). No nos separemos de su lado; no dejemos un solo día de acudir a su protección maternal.

canción para hoy: Venid y Vamos Todos

DIA 25 (2 de diciembre)

Para imitar a la Virgen es necesario tratarla. Devociones.

Tota pulchra es, María, eres toda hermosa, María, y no hay mancha alguna de pecado en Ti.

La Virgen Inmaculada será siempre el ideal que debemos imitar. Ella es modelo de santidad en la vida ordinaria, en lo corriente, sin llamar la atención, sabiendo pasar oculta, Para imitarla es necesario tratarla. Durante estos días de la Novena hemos procurado, con Ella, dar un paso hacia adelante. Ya no la podemos dejar; sobre todo, porque Nuestra Madre no nos deja.

Aquella profecía que un día hiciera la Virgen, Me llamarán bienaventurada todas las generaciones…(Cfr. Lc 2, 48), la estamos cumpliendo ahora nosotros y se ha cumplido al pie de la letra a través de los siglos: poetas, intelectuales, artesanos, reyes y guerreros, hombres y mujeres de edad madura y niños que apenas han aprendido a hablar; en el campo, en la ciudad, en la cima de un monte, en las fábricas y en los caminos, en situaciones de dolor y de alegría, en momentos trascendentales (¡cuántos millones de cristianos han muerto con el dulce nombre de María en sus labios o en su pensamiento!), se ha invocado y se llama a Nuestra Señora todos los días. En tantas y tan diversas ocasiones, millares de voces, en lenguas diversísimas, han cantado alabanzas a la Madre de Dios o le han pedido calladamente que mire con misericordia a esos hijos suyos necesitados. Es un clamor inmenso el que sale de esta humanidad dolida hacia la Madre de Dios. Un clamor que atrae la misericordia del Señor. Nuestra oración en estos días de preparación para la gran Solemnidad de hoy se ha unido a tantas voces que alaban y piden a Nuestra Señora.

Sin duda ha sido el Espíritu Santo quien ha enseñado, en todas las épocas, que es más fácil llegar al Corazón del Señor a través de María. Por eso, hemos de hacer el propósito de tratar siempre confiadamente a la Virgen, de caminar por ese atajo -la senda por donde se abrevia el camino– para llegar antes a Cristo: «conservad celosamente ese tierno y confiado amor a la Virgen nos alienta el Romano Pontífice. No lo dejéis nunca enfriar (…). Sed fieles a los ejercicios de piedad mariana tradicionales en la Iglesia: la oración del Ángelus, el mes de María y, de modo muy especial, el Rosario»(Juan Pablo II, Homilía 12-X-1980.).

María, llena de gracia y de esplendor, la que es bendita entre todas las mujeres, es también nuestra Madre. Una manifestación de amor a Nuestra Señora es llevar una imagen suya en la cartera o en el bolso; es multiplicar discretamente sus retratos a nuestro alrededor, en nuestras habitaciones, en el coche, en el despacho o en el lugar de trabajo. Nos parecerá natural invocarla, aunque sea sin palabras.

Si cumplimos nuestro propósito de acudir con más frecuencia a Ella, desde el día de hoy, comprobaremos en nuestras vidas que «Nuestra Señora es descanso para los que trabajan, consuelo de los que lloran, medicina para los enfermos, puerto para los que maltrata la tempestad, perdón para los pecadores, dulce alivio de los tristes, socorro de los que rezan»(San Juan Damasceno, Homilía en la Dormición de la B. Virgen María).

canción para hoy: Ave María

DIA 26 (3 de diciembre)

Assumpta est Maria in coelum, gaudent angeli. María ha sido llevada por Dios, en cuerpo y alma, a los cielos. Hay alegría entre los ángeles y entre los hombres. ¿Por qué este gozo íntimo que advertimos hoy, con el corazón que parece querer saltar del pecho, con el alma inundada de paz? Porque celebramos la glorificación de nuestra Madre y es natural que sus hijos sintamos un especial júbilo, al ver cómo la honra la Trinidad Beatísima.

Cristo, su Hijo santísimo, nuestro hermano, nos la dio por Madre en el Calvario, cuando dijo a San Juan: he aquí a tu Madre. Y nosotros la recibimos, con el discípulo amado, en aquel momento de inmenso desconsuelo. Santa María nos acogió en el dolor, cuando se cumplió la antigua profecía: y una espada traspasará tu alma. Todos somos sus hijos; ella es Madre de la humanidad entera. Y ahora, la humanidad conmemora su inefable Asunción: María sube a los cielos, hija de Dios Padre, madre de Dios Hijo, esposa de Dios Espíritu Santo. Más que Ella, sólo Dios.

Misterio de amor es éste. La razón humana no alcanza a comprender. Sólo la fe acierta a ilustrar cómo una criatura haya sido elevada a dignidad tan grande, hasta ser el centro amoroso en el que convergen las complacencias de la Trinidad. Sabemos que es un divino secreto. Pero, tratándose de Nuestra Madre, nos sentimos inclinados a entender más —si es posible hablar así— que en otras verdades de fe.

¿Cómo nos habríamos comportado, si hubiésemos podido escoger la madre nuestra? Pienso que hubiésemos elegido a la que tenemos, llenándola de todas las gracias. Eso hizo Cristo: siendo Omnipotente, Sapientísimo y el mismo Amor, su poder realizó todo su querer.

Mirad cómo los cristianos han descubierto, desde hace tiempo, ese razonamiento: convenía —escribe San Juan Damasceno— que aquella que en el parto había conservado íntegra su virginidad, conservase sin ninguna corrupción su cuerpo después de la muerte. Convenía que aquella que había llevado en su seno al Creador hecho niño, habitara en la morada divina. Convenía que la Esposa de Dios entrara en la casa celestial. Convenía que aquella que había visto a su Hijo en la Cruz, recibiendo así en su corazón el dolor de que había estado libre en el parto, lo contemplase sentado a la diestra del Padre. Convenía que la Madre de Dios poseyera lo que corresponde a su Hijo, y que fuera honrada como Madre y Esclava de Dios por todas las criaturas.
Los teólogos han formulado con frecuencia un argumento semejante, destinado a comprender de algún modo el sentido de ese cúmulo de gracias de que se encuentra revestida María, y que culmina con la Asunción a los cielos. Dicen: convenía, Dios podía hacerlo, luego lo hizo. Es la explicación más clara de por qué el Señor concedió a su Madre, desde el primer instante de su inmaculada concepción, todos los privilegios. Estuvo libre del poder de Satanás; es hermosa —tota pulchra!—, limpia, pura en alma y cuerpo.
(lectura tomada de: http://www.escrivaobras.org/book/es_cristo_que_pasa-punto-171.htm)

canción para hoy: Maravillas

DIA 27 (4 de diciembre)

La Maternidad divina de María es la raíz de todas las perfecciones y privilegios que la adornan. Por ese título, fue concebida inmaculada y está llena de gracia, es siempre virgen, subió en cuerpo y alma a los cielos, ha sido coronada como Reina de la creación entera, por encima de los ángeles y de los santos. Más que Ella, sólo Dios. La Santísima Virgen, por ser Madre de Dios, posee una dignidad en cierto modo infinita, del bien infinito que es Dios. No hay peligro de exagerar. Nunca profundizaremos bastante en este misterio inefable; nunca podremos agradecer suficientemente a Nuestra Madre esta familiaridad que nos ha dado con la Trinidad Beatísima.

Eramos pecadores y enemigos de Dios. La Redención no sólo nos libra del pecado y nos reconcilia con el Señor: nos convierte en hijos, nos entrega una Madre, la misma que engendró al Verbo, según la Humanidad. ¿Cabe más derroche, más exceso de amor? Dios ansiaba redimirnos, disponía de muchos modos para ejecutar su Voluntad Santísima, según su infinita sabiduría. Escogió uno, que disipa todas las posibles dudas sobre nuestra salvación y glorificación. Como el primer Adán no nació de hombre y de mujer, sino que fue plasmado en la tierra, así también el último Adán, que había de curar la herida del primero, tomó un cuerpo plasmado en el seno de Virgen, para ser, en cuanto a la carne, igual a la carne de los que pecaron.
(lectura tomada de: http://www.escrivaobras.org/book/amigos_de_dios-punto-276.htm)

canción para hoy: Hoy he vuelto

DIA 28 (5 de diciembre)

De una manera espontánea, natural, surge en nosotros el deseo de tratar a la Madre de Dios, que es también Madre nuestra. De tratarla como se trata a una persona viva: porque sobre Ella no ha triunfado la muerte, sino que está en cuerpo y alma junto a Dios Padre, junto a su Hijo, junto al Espíritu Santo.

Para comprender el papel que María desempeña en la vida cristiana, para sentirnos atraídos hacia Ella, para buscar su amable compañía con filial afecto, no hacen falta grandes disquisiciones, aunque el misterio de la Maternidad divina tiene una riqueza de contenido sobre el que nunca reflexionaremos bastante.

La fe católica ha sabido reconocer en María un signo privilegiado del amor de Dios: Dios nos llama ya ahora sus amigos, su gracia obra en nosotros, nos regenera del pecado, nos da las fuerzas para que, entre las debilidades propias de quien aún es polvo y miseria, podamos reflejar de algún modo el rostro de Cristo. No somos sólo náufragos a los que Dios ha prometido salvar, sino que esa salvación obra ya en nosotros. Nuestro trato con Dios no es el de un ciego que ansía la luz pero que gime entre las angustias de la obscuridad, sino el de un hijo que se sabe amado por su Padre.

De esa cordialidad, de esa confianza, de esa seguridad, nos habla María. Por eso su nombre llega tan derecho al corazón. La relación de cada uno de nosotros con nuestra propia madre, puede servirnos de modelo y de pauta para nuestro trato con la Señora del Dulce Nombre, María. Hemos de amar a Dios con el mismo corazón con el que queremos a nuestros padres, a nuestros hermanos, a los otros miembros de nuestra familia, a nuestros amigos o amigas: no tenemos otro corazón. Y con ese mismo corazón hemos de tratar a María.

¿Cómo se comportan un hijo o una hija normales con su madre? De mil maneras, pero siempre con cariño y con confianza. Con un cariño que discurrirá en cada caso por cauces determinados, nacidos de la vida misma, que no son nunca algo frío, sino costumbres entrañables de hogar, pequeños detalles diarios, que el hijo necesita tener con su madre y que la madre echa de menos si el hijo alguna vez los olvida: un beso o una caricia al salir o al volver a casa, un pequeño obsequio, unas palabras expresivas.

En nuestras relaciones con Nuestra Madre del Cielo hay también esas normas de piedad filial, que son el cauce de nuestro comportamiento habitual con Ella. Muchos cristianos hacen propia la costumbre antigua del escapulario; o han adquirido el hábito de saludar —no hace falta la palabra, el pensamiento basta— las imágenes de María que hay en todo hogar cristiano o que adornan las calles de tantas ciudades; o viven esa oración maravillosa que es el santo rosario, en el que el alma no se cansa de decir siempre las mismas cosas, como no se cansan los enamorados cuando se quieren, y en el que se aprende a revivir los momentos centrales de la vida del Señor; o acostumbran dedicar a la Señora un día de la semana —precisamente este mismo en que estamos ahora reunidos: el sábado—, ofreciéndole alguna pequeña delicadeza y meditando más especialmente en su maternidad.

Hay muchas otras devociones marianas que no es necesario recordar aquí ahora. No tienen por qué estar incorporadas todas a la vida de cada cristiano —crecer en vida sobrenatural es algo muy distinto del mero ir amontonando devociones—, pero debo afirmar al mismo tiempo que no posee la plenitud de la fe quien no vive alguna de ellas, quien no manifiesta de algún modo su amor a María.

Los que consideran superadas las devociones a la Virgen Santísima, dan señales de que han perdido el hondo sentido cristiano que encierran, de que han olvidado la fuente de donde nacen: la fe en la voluntad salvadora de Dios Padre, el amor a Dios Hijo que se hizo realmente hombre y nació de una mujer, la confianza en Dios Espíritu Santo que nos santifica con su gracia. Es Dios quien nos ha dado a María, y no tenemos derecho a rechazarla, sino que hemos de acudir a Ella con amor y con alegría de hijos.
(lectura tomada de: http://www.escrivaobras.org/book/es_cristo_que_pasa-punto-142.htm)

canción para hoy: Salve Regina

DIA 29 (6 de diciembre)

La fe de María

En todo tiempo hemos de fijarnos en Nuestra Señora, que vivió toda su existencia movida por la fe, pero especialmente en este tiempo de Adviento que es tiempo de espera, de esperanza segura, antes de que naciera el Mesías de su seno virginal. Bienaventurada tú que has creído(Lc 1, 45), le dice su prima Santa Isabel.

Confianza y serenidad de la Virgen ante el descubrimiento mismo de su vocación. ¡Ella es la Madre de Dios! Es aquella criatura de quien venían hablando los Libros Sagrados desde los mismos comienzos del Génesis, la que aplastaría la cabeza del enemigo de Dios y de los hombres(Gen 3, 15), la anunciada tantas veces por los Profetas(Cfr. Is 7, 14; Miq 5, 2). Yahvé ha mirado la humildad, la sencillez, de su esclava(Cfr. Lc 1, 48).

Serenidad confiada de la Virgen en el silencio que ha de mantener ante San José. María quería a José y le ve sufrir(Cfr. Mt 1, 18-19). Ella confía en Dios. Es posible que al seguir la propia vocación, o al actuar cumpliendo la voluntad de Dios, temamos hacer sufrir a las personas queridas. ¡Él sabe arreglar bien las cosas! «¡Dios sabe más!»(A. del Portillo, en la presentación de «Amigos de Dios»), ve más lejos. El cumplimiento de la voluntad de Dios, que siempre exige fe, es el mayor bien para nosotros y para quienes habitualmente tratamos.

Fe de la Virgen en los momentos difíciles que preceden al Nacimiento de Jesús. San José llamó a muchas puertas aquella noche santa, y la Virgen oyó muchas negativas. Fe ante la huida precipitada a Egipto. ¡Dios huyendo a un país extraño...!

Confianza de María cada día de los treinta años que Jesús vivió oculto en Nazaret, cuando no hay signos prodigiosos de la divinidad de su Hijo, sino un trabajo sencillo y normal.

Fe de María en el Calvario. «Avanzó la Santísima Virgen en la peregrinación de la fe, y mantuvo fielmente su unión con el Hijo hasta la Cruz, junto a la cual no sin designio divino permaneció en pie, sufriendo profundamente con su Unigénito y asociándose con entrañas de madre a su Sacrificio, consintiendo amorosamente en la inmolación de la Víctima que Ella misma había engendrado»(Conc. Vat. II, Const. Lumen gentium, 58).

María vive con la mirada puesta en Dios. Ha puesto toda su confianza en el Altísimo y se ha rendido por completo a Él. Eso nos pide Ella a nosotros: que vivamos con una confianza inquebrantable en Jesús. Y esto, porque desea vernos serenos en medio de todas las tempestades, y porque debemos dar serenidad a quienes están cerca de nosotros. Quiere, sobre todo, vernos un día en el Cielo, junto a su Hijo.

Con la liturgia de la Iglesia rezamos: Dios y Señor nuestro, que en el parto de la Virgen has querido revelar al mundo entero el esplendor de tu gloria: asístenos con tu gracia, para que proclamemos con fe íntegra y celebremos con piedad sincera el misterio admirable de la encarnación de tu Hijo(Oración de la Misa del día 19 de diciembre).
http://www.franciscofcarvajal.org/meditaciondiaria2.asp

canción para hoy: Regina Caeli

DIA 30 (7 de diciembre)

Su plenitud de gracia recibida en el instante de su Concepción Inmaculada

Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo; bendita tú entre todas las mujeres(Evangelio de la Misa, Lc 1, 28).

Por una gracia del todo singular, y en atención a los méritos de Cristo, Santa María fue preservada inmune de toda mancha de pecado original, desde el primer instante de su concepción. Dios «la amó con un amor tan por encima del amor a toda criatura, que vino a complacerse en Ella con singularísima benevolencia. Por esto, tan maravillosamente la colmó de la abundancia de todos sus dones celestiales, sacados del tesoro de su divinidad, muy por encima de todos los ángeles y santos, que Ella, absolutamente libre siempre de toda mancha de pecado, y toda hermosa y perfecta, manifestó tal plenitud de inocencia y santidad, que no se concibe en modo alguno mayor después de Dios ni nadie puede imaginar fuera de Dios»(Pío IX, Bula Ineffabilis Deus, 8-XII-1854).

Esta preservación del pecado en Nuestra Señora es, en primer lugar, plenitud de gracia del todo singular y cualificada; la gracia, en María enseñan los teólogos, se adelantó a la naturaleza. En Ella todo volvía a tener su sentido primitivo y la perfecta armonía querida por Dios. El don por el que careció de toda mancha le fue concedido a modo de preservación de algo que no se contrae. Fue exenta de todo pecado actual, no tuvo ninguna imperfección ni moral, ni natural, no tuvo inclinación alguna desordenada, ni pudo padecer verdaderas tentaciones internas; no tenía pasiones descontroladas; no sufrió los efectos de la concupiscencia. Jamás estuvo sujeta al diablo en cosa alguna.

La Redención alcanzó también a María y actuó en Ella, pues recibió todas las gracias en previsión de los méritos de Cristo. Dios preparó a la que iba a ser la Madre de su Hijo con todo su Amor infinito. «¿Cómo nos habríamos comportado, si hubiésemos podido escoger la madre nuestra? Pienso que hubiésemos elegido a la que tenemos, llenándola de todas las gracias. Eso hizo Cristo: siendo Omnipotente, Sapientísimo y el mismo Amor (Deus caritas est, Dios es amor, 1 Jn 4, 8), su poder realizó todo su querer»(San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 171).

Desde esta fiesta grande divisamos ya la proximidad de la Navidad. La Iglesia ha querido que ambas fiestas estén cercanas. «Del mismo modo que el primer brote verde señala la llegada de la primavera en un mundo helado y que parece muerto, así en un mundo manchado por el pecado y de gran desesperanza esa Concepción sin mancha anuncia la restauración de la inocencia del hombre. Así como el brote nos da una promesa cierta de la flor que de él saldrá, la Inmaculada Concepción nos da la promesa infalible del nacimiento virginal (…). Aún era invierno en todo el mundo que la rodeaba, excepto en el hogar tranquilo donde Santa Ana dio a luz a una niña. La primavera había comenzado allí»(R. A. Knox, Tiempos y fiestas del año litúrgico, p. 298.). La nueva Vida se inició en Nuestra Madre en el mismo instante en que fue concebida sin mancha alguna y llena de gracia.

canción para hoy: Madre del Silencio

DIA 31 (8 de diciembre)


La Virgen en el misterio de Cristo.

Desbordo de gozo con el Señor y me alegro con mi Dios; porque me ha vestido un traje de gala y me ha envuelto en un manto de triunfo, como novia que se adorna con sus joyas(Antífona de entrada. Is 61, 10). Son palabras que la Liturgia pone en labios de Nuestra Señora en esta Solemnidad, y expresan el cumplimiento de la antigua profecía de Isaías.

Todo cuanto de hermoso y bello se puede decir de una criatura, se lo cantamos hoy a nuestra Madre del Cielo. «Exulte hoy toda la creación y se estremezca de gozo la naturaleza. Alégrese el cielo en las alturas y las nubes esparzan la justicia. Destilen los montes dulzura de miel y júbilo las colinas, porque el Señor ha tenido misericordia de su pueblo y nos ha suscitado un poderoso salvador en la casa de David su siervo, es decir, en esta inmaculadísima y purísima Virgen, por quien llega la salud y la esperanza a los pueblos»(San Andrés de Creta, Homilía I en la Natividad de la Santísima Madre de Dios), canta un antiguo Padre de la Iglesia.

La Trinidad Santa, queriendo salvar a la humanidad, determinó la elección de María para Madre del Hijo de Dios hecho Hombre. Más aún: quiso Dios que María fuera unida con un solo vínculo indisoluble, no solo al nacimiento humano y terrenal del Verbo, sino también a toda la obra de la Redención que Él llevaría a cabo. En el plan salvífico de Dios, María está siempre unida a Jesús, perfecto Dios y hombre perfecto, Mediador único y Redentor del género humano. «Fue predestinada desde toda la eternidad como Madre de Dios juntamente con la Encarnación del Verbo, por disposición de la Divina Providencia»(Conc. Vat. II, Const. Lumen gentium, 61).

Por esta elección admirable y del todo singular, María, desde el primer instante de su ser natural, quedó asociada a su Hijo en la Redención de la humanidad. Ella es la mujer de la que nos habla el Génesis en la Primera lectura de la Misa(Gen 3, 9-15; 20). Después de cometido el pecado de origen, dijo Dios a la serpiente: Pongo enemistad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y la suya. María es la nueva Eva, de la que nacerá un nuevo linaje, que es la Iglesia. En razón de esta elección, la Virgen Santísima recibió una plenitud de gracia mayor que la concedida a todos los ángeles y santos juntos, como correspondía a la Madre del Salvador. María está en un lugar singular y único entre Dios y los hombres. Ella es la que en la Iglesia ocupa después de Cristo el lugar más alto y el más cercano a nosotros(Cfr. Conc. Vat. II, Const. Lumen gentium, 54.); es el ejemplar acabado de la Iglesia(Ibídem, 63), modelo de todas las virtudes(Ibídem, 65), a la que hemos de mirar para tratar de ser mejores. Es tan grande su poder salvador y santificador que, por gracia de Cristo, cuanto más se difunde su devoción, más atrae a los creyentes hacia su Hijo y hacia el Padre(Ibídem, 65).

En Ella, purísima, resplandeciente, fijamos nuestros ojos, «como en la Estrella que nos guía por el cielo oscuro de las expectativas e incertidumbres humanas, particularmente en este día, cuando sobre el fondo de la liturgia del Adviento brilla esta solemnidad anual de tu Inmaculada Concepción y te contemplamos en la eterna economía divina como la Puerta abierta, a través de la cual debe venir el Redentor del mundo»(Juan Pablo II, Alocución 8-XII-1982).

(lectura tomada de: http://www.mariologia.org/devocionesnovenasalainmaculada01.htm
Novena a la Inmaculada del Padre Francisco Fernández Carvajal)


canción para hoy: Letanía Lauretana